CINCO FINLANDESES EN BUENOS AIRES

 

Cuentos y Relatos.

Por Guillermo Gatti

Una agencia receptiva me paso un grupo de cinco finlandeses que estaban de visita en nuestro país.

La intención de los visitantes era conocer algo de la ciudad porteña de noche. Algo así como un city tour algo mas personalizado.

El detalle más sorprendente era que dichos turistas no hablan otra lengua que la suya, o sea, finlandés.

Uno en esta profesión no se espanta por nada, estamos acostumbrados a salir al ruedo casi a diario.

Pero bueno, el servicio se pagaba bien, Buenos Aires es generosa y la noche estaba fresquita así que acepte y me encomendé a Dios.

Coincidentemente, ese día había dos actos públicos: el del oficialismo a favor de las retenciones al campo y el de los chacareros en contra.

Un detalle que anunciaba una nochecita movidita.

Fui al encuentro de mis finlandeses.

En taxi era imposible, en colectivo menos así que le pedí la bicicleta prestada a mi vecino y salí a la calle.

Por las dudas le pegue una escarapela en el manubrio para evitar los exabruptos patrióticos de esos loquitos que solo aprovechan los actos para repartir trompadas en vez de ponerse a laburar.

Llegue al hotel, me anuncie en conserjería, le di al conserje el apellido retorcidísimo de uno de los pasajeros, con menos vocales que una preposición para que les avisara que estaba esperándolos.

Me senté cómodamente en un sillón frente a un pasillo larguísimo y espere.

Los guías estamos acostumbrados a esperar a los pasajeros indefinidamente.

A los veinte minutos bajaron cinco individuos altos, blanquísimos y rubisimos. Todos hablando a la vez y riéndose de vaya a saber que.

Se dirigieron al conserje que, desesperado y sin dudarlo ni un segundo, les indico mi presencia para sacárselos de encima.

Los nórdicos con mal de sambito se vinieron al humo si parar de gritar y me abrazaron todos juntos como si me conocieran de toda la vida.

Una vez más me tocaba enfrentar esas situaciones que nunca ningún profesor de la facultad de turismo se le ocurría citar por lo menos para que uno supiera que ciertas situaciones bizarras suelen ocurrir en el mundo real.

Como por arte de magia estaban los cinco rodeándome, a los besos y a los abrazos hablando rarísimo, gritando eufóricamente y escupiéndome la cara de manera espantosa que no podía ni abrir los ojos.

El olor a cerveza que emanaba de sus bocas entraba por mis fosas nasales emborrachando cada uno de los pelos de mi nariz.

Hi, Hi, Hi ¡! Grite, con la ilusión de conseguir algún tipo de orden, pero no era mi día de suerte  porque al compás del Hi ,Hi, Hi ¡! se pusieron a bailar como si yo les estuviera marcando el compás de una canción folklórica finlandesa.

El recepcionista me observaba y sonreía tímidamente como acompañándome en los sentimientos.

Cuando conseguí tomar un poco de distancia les dije, como pude, que saldríamos a conocer la city porteña.

Era lo mismo que decirles que en breve les cortaría los testículos con un Cutter porque ninguno de ellos paro de gritar, escupir y saltar.

Continuaban bailando ese tipo de carnavalito nórdico mientras uno me agarraba del brazo para que bailara también.

Como la vocación y el profesionalismo mandan y el cliente siempre tiene razón, me entregue a la euforia comencé a gritar como un desaforado y escupir a diestra y siniestra. Si no puedes con el enemigo únete.

Que exploten los planetas, me dije, total jamás iríamos a entendernos y el trabajo había que hacerlo de cualquier manera.

Cuando creí que tenía el control de la situación, me alzaron y me llevaron a la confitería del hotel. Nos sentamos en la barra que rápidamente había quedado escupida por causa de esas palabras extrañas que en vez de comunicar, simplemente mojan.

Uno de ellos le pidió al barman una trenberkstr, el hombre quedo atónito por que no entendió si le estaba pidiendo una bebida o amenazándolo de muerte.

Prueben ustedes pronunciar trenberkstr a los gritos y con cara de sacado.

El barman me miro como pidiendo auxilio pero le corte el rostro y puse mi mejor cara de boludo. Seguí a los gritos y a las escupidas como sino pasara nada después de todo el barman se los tendría que aguantar apenas algunos minutos y yo, toda la noche.

Después de un rato uno de ellos, que tenia la lengua seca como un loro barranquero, grito beer!!!!! Ah, dijo el barman cerveza!

No se imaginan la felicidad de ese muchacho cuando consiguió entender de qué se trataba. Saltaba como un loco de un lado al otro de la barra festejando la victoria de haber podido entender una palabra de las tantas que esta gente escupía por segundo.

Era como haber sobrevivido 24 horas en la ciudad de Tokio sin hablar japonés ni ingles.

Llegaron las primeras seis cervezas que terminaron siendo mas de tres docenas.

A esa altura ya no importaban las escupidas, los gritos o ese carnavalito finlandés que no paraban de bailar. El barman gritaba como un desquiciado y de paso se mandaba unos tragos que los pasajeros le convidaban sin ofrecer ninguna resistencia.

Finalmente salimos del hotel.

Había que llevar a esos watusis albinos a algún lugar para que conozcan nuestra noche porteña.

Me pareció que lo mejor era estar al aire libre porque el encierro aceleraría el proceso de la borrachera y yo me encontraría en un aprieto difícil, así que lo primero que me vino a la mente fue llevarlos a los actos públicos organizados por el gobierno y los chacareros para que conocieran un poquito acerca de las manifestaciones sociales de nuestro generoso país.

Hoy por hoy. venir a Buenos Aires y no presenciar un acto en Plaza de Mayo es tan imperdonable como visitar las Cataratas Del Iguazú y no ver la Garganta del Diablo.

La primera parada seria el acto oficialista así que le pegue en la espalda de cada uno una foto gigante del pingüino emperador y su esposa para evitar malos entendidos y no salir del acto con el tujes roto.

Yo arranque en la punta con una bandera argentina y mi diccionario de finlandés básico por si las moscas.

Llegamos después de mucho caminar.

Con la lengua que me llegaba a las rodillas y ellos fresquitos como una lechuguita, bueno, una forma de decir porque desde el hotel al acto se habían tomado treinta cervezas más pero continuaban de pié como el último guerrero Ninja.

Trate de buscar un lugar cerquita del palco para asistir al show previo al show, no se si me explico.

Mientras intentábamos llegar, a uno de los finlandeses no  se le ocurrió  mejor idea que sacarle el pañuelo de la cabeza a una madre de plaza de mayo que andaba perdida del rebaño.

La mujer, se puso como una fiera y en diez segundo le grito al finlandés treinta años de historia argentina El hombre, que no entendía el ataque histérico de la mujer, aplaudía y cantaba pensando que ella también estaba festejando.

Le dije a la señora que eran extranjeros y que no entendían nuestro idioma.

La mujer se acomodo el blanco pañuelo tapando su cabellera aplastada, me miró como mira una madre enfurecida, y me dijo: -“si no los sacas de acá te juro que le digo a la Bonafini que hable con la Cristina para que le sugiera a Aníbal  que los extradite de una patada en el culo…”

Dio media vuelta y se marcho perdiéndose entre la muchedumbre.

Por supuesto que ni me calenté en decirle nada al watusi albino porque no iba a consultar el diccionario en medio de ese despelote.

Me distraje un minuto atendiendo el celular cuando los cinco que no paraban de gritar y saltar se me perdieron de vista.

El pingüino emperador a los gritos  diciendo algo sobre defender la mesa de los argentinos mientras un señor me gritaba en la oreja – La mesa vamo a tener que cuidar porque morfi no va haber más, no vamo a cagar de hambre…

Me lleno la oreja derecha de vino rosado y desapareció como el fantasma Benito.

Empecé a caminar en círculo como los de la serie Lost, intentando localizar las cinco cabelleras rubias.

Un señor mostraba orgullosamente un brazo ortopédico autografiado por el gobernador de la provincia de buenos aires. Alcance a leer lo que le había escrito: “te doy la mano y te agarras el brazo…soy peronista y me la banco”.

Caminando por un lugar que estaba un poco oscuro di de frente con Lilita que estaba con unos amigotes encendiendo unas velas rojas. Le pregunte si estaba haciendo un rito de macumba, pero me respondió, que estaba rezando para pacificar la situación y traer un poco de Dios al conflicto.

Me aleje rápidamente cuando vi al viejo Menem disfrazado con un jogging y un gorrito de lana, hablando con la Bolocco y pidiéndole que lo dejara hablar con su hijo porque extrañaba su vos.

Alcancé a escuchar los gritos del niño que decía: – Mamá decile a ese guacho decrepito que me devuelva la play station que le vendió al embajador de Muzumba y después vemos si hablo con él.

Finalmente y sin esperanza de encontrar a los finlandeses estaba a punto de tirar la toalla cuando escuche un grito, algo así como un gruñido brrumentrrroderr!!…Eran ellos que me habían encontrado a mí.

No espere ni un segundo, los saque cagando aceite y rumbeamos para Palermo donde estaban los chacareros con su festichola top, así que les saque la foto del pingüino emperador y su mujer y les colgué un choclo en el cuello a cada uno de mis pasajeros para estar a rigor como manda el protocolo.

La plaza de los españoles explotaba de tanta gente, era una mezcla de gauchos pobres, gauchos ricos, asado de tira, vacas caminando como en la india, leche party y milanesas de soja a los cuatro quesos  para todos los invitados.

Conseguimos un lugar cerca del palco en un tipo de fogón al lado de un grupo folklórico que estaba meta cantar chacareras.

Los finlandeses se prendieron con cinco chicas que estaban con ropa de gauchitas mostrando de manera insinuante unas exageradas tetas al mejor estilo holando argentina, recién inventadas por el cirujano plástico, que seguramente sus papás les habían regalado con el lucro que dejo el aumento sideral de la tonelada de soja.

Yo me senté en el pasto esperando que los albinos nórdicos cayeran por cansancio pero con semejantes mujeres era poco probable que decidieran volver al hotel.

Me trague todos los discursos sin chistar y cayéndome de sueño.

El que más me sorprendió fue De Angeli.

Ese hombre tenía una cara de felicidad y horror. Nunca se había imaginado hablar para tanta gente.

Nunca imagino tanta popularidad, firmar autógrafos y viajar como bola sin manija por todo el país hablando y hablando sin parar y sin tiempo ni para arreglarse el diente postizo que vivió en el suelo todo el tiempo que duro el conflicto.

Lo que lucho ese hombre con ese diente, tres meses acomodándolo para no escupirlo en medio de sus discursos apasionados.

Al que se lo veía un poco alterado era a Bussi.

Me acerque y le pregunte si se sentía bien. Me dijo que si, un poco cansado pero que estaba feliz, que había sido una victoria de la gente de campo, que la democracia había triunfado y que eso lo llenaba de orgullo pero que no sabia como sacarse de encima a los pequeños y medianos productores que ahora se lo querían comer crudo porque tendrían que pagar impuesto  siderales igual que los grandes agropecuarios.

Yo dije, no!, va a empezar todo otra vez? Piquetes, cortes de ruta, desabastecimiento, aumento de precios, las escupidas en el congreso, el pingüino inflable, el toro de goma, las tortas fritas, el caos!!!

Me dijo en voz baja que no sabía que iba a pasar pero que había pensado mandarlo al frente a De Angeli para que le terminen de romper los dientes a él.

Grito fuerte VIVA LA DEMOCRACIA CARAJO ¡! y se perdió entra la gente

Me volví al fogón donde seguían los cinco albinos bailando con las gurisas.

La gente gritando, la noche estaba primaveral y yo destruido.

Ellos, los finlandeses, nunca supieron que paso, esas tetas voluminosas acapararon toda su atención.

A uno de ellos le puse mi diccionario Finlandés-Español en el bolsillo de la campera.

Agarre por Santa Fe, me perdí por una cortada media oscura y cuando los gritos se convirtieron en apenas un susurro, encendí mi mp3 y me fui cantando bajito…Y nos dieron las diez y las once, las doce la una, las dos y las tres….

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