Cómo olvidarte María Elena???

Por Guillermo Gatti

 María Elena fue una pasajera en uno de mis viajes a Cataratas del Iguazú.

Un hermoso circuito y un desafío importante para los turistas a la hora de visitar el Parque Nacional Iguazú ya que tienen mucho para caminar a la búsqueda de tanta belleza junta.

Si bien los guías ya estamos habituados a ese trajín en esta oportunidad yo tendría la oportunidad de vivenciar una de las experiencias mas agotadoras en mi vida profesional.

Cuando recibí un mail de María Elena agradeciéndome todo lo que había hecho por ella y lo feliz que se sentía por haber vivido ese viaje tan maravilloso pudiendo conocer una de las maravillas naturales del planeta, me vino a la mente ese episodio y decidí contárselos a ustedes.

Esta señora mide aproximadamente 1,85 metros y pesa más de lo que uno podría imaginar, algo así como medio kilo por centímetro cuadrado. Un verdadero monumento a la abundancia que me recordaba a las exuberantes mujeres renacentistas inspiradoras de los grandes pintores de la época. Acompañada de su marido, un sujeto infame que, inmediatamente, paso a encabezar mi lista negra de personas desagradables, era un individuo con alto porcentaje de inutilidad, de contextura delgada como un gallito pigmeo, portador de un bigote exageradamente grande y sucio que le tapaba la boca ocultándole la media docena de dientes que le faltaba. Su pedantería lo hacia mas desagradable todavía y su humor ordinario lo hacia sencillamente insoportable.

 El típico pasajero que quiere llamar la atención a toda costa, dotado de un egocentrismo sin igual a tal punto de ignorar a su mujer por el deseo de seducir al mundo. María Elena, que le sacaba dos cuerpos a su marido, era un monumento a la exageración carnal combinada con una torpeza crónica jamás vista. Tenía la costumbre de caminar mirando al cielo olvidándose que aquí en la tierra corría un peligro constante al tropezarse con todo lo que se interponía.

Muchos turistas tienen esa costumbre de mirar al cielo mientras caminan como agradeciéndole a Dios ese momento único y terminan desparramados en el suelo sin saber como llegaron hasta ahí. Imagínense dentro del ómnibus, María Elena era un verdadero tornado caminando por el pasillo desparramando tanta abundancia y tanta torpeza. Lo que tenía a su favor era su simpatía inagotable, una sonrisa enorme y un humor sorprendente. María Elena me había comentado al salir de la Terminal que su sueño era conocer la Cataratas del Iguazú, un sueño que ahora podía concretar y que la hacia muy feliz. Me conmoví cuando me lo dijo porque se lo que sienten los turistas cuando viajan atrás de un sueño y es bueno ver como se sienten cuando lo concretan. Lo que yo no sabia es lo que el destino me tenía preparado.

Cuando llegamos al hotel, cansados, sucios, hambrientos, como suele suceder, donde los pasajeros no saben ni donde están parados, pidiendo a gritos sus habitaciones para caer rendidos en la cama, la torpeza de Maria Elena le jugo una mala pasada cuando al bajar del micro mirando al cielo como era su costumbre y mas rápido de lo que su peso podía soportar, se cayo y se quebró el tobillo. Quedo desparramada en el suelo y entre un gemido de dolor y una risa aguda, abierta de piernas como evocando un parto indio en medio de esa tierra colorada, pidió ayuda para que la levantaran.

Parte del grupo que estaba cerca de ella, se fue alejando serenamente rumbo a las escaleras de entrada del hotel como si no hubieran visto nada. El marido estaba en la recepción contándole un chiste a la recepcionista que poco entendía el español sin tener la menor idea de lo que le estaba ocurriendo a su mujer. Lo peor que nos puede pasar a los guías es que le pase algo a un pasajero en el preciso instante que estamos organizando la entrada al hotel.

Entre treinta y cinco la cargamos hasta la recepción, la sentamos en un sillón y mientras el medico venia hice la entrada al hotel al resto del grupo que ya estaba lo suficientemente cebado por la demora mirándola a la gordita como queriéndosela comer viva.

El inútil del marido continuaba con sus chistes como si María Elena fuera un cuadro de Goya colgado en la pared. La llevamos a la clínica. Una vez confirmada la fractura y colocado un yeso que pesaría setenta kilos, la gordita llorando como loca, me pidió que le jurara que la llevaría a ver las cataras sea como sea. – Jurame Guillermo que no me vas a dejar en el hotel sola como un hongo. Promesa en pie, regresamos al hotel a descansar hasta el próximo día que seria el más torturante de toda mi vida.

Al día siguiente en el desayunador estaban todos menos ella, llame a la habitación para tener la certeza de que estaba todo bien. Fresca como una lechuga y empastillada hasta el alma me pidió si podía ir a buscarla porque el marido no la podía cargar. Claro, pensé, qué puede hacer ese alfeñique con vocación de bufón del rey para cargar tanta humanidad? Subí, la mire fija, tomé todo el aire que podía, me encomendé a Dios y así humana llegamos al desayunador.

Ella con una sonrisa de oreja a oreja y yo con el cuerpo despedazado y los pulmones casi extintos. Si esto comenzó así, cómo serán los 1200 metros de rampa a la garganta del diablo, los 600 del circuito superior y todos los metros y escaleras del circuito inferior? En ese instante tome consciencia de que posiblemente seria la última vez que viajara a las cataratas. El fin de mi carrera estaba próximo. Llegamos al Parque Nacional, y más rápido que un bombero solicite una silla de ruedas. Me fui a hablar con el marido para que se solidarizase conmigo y empujara esa silla mientras yo seguía mi trabajo con el resto del grupo.

El pequeño e inservible hombrecito me miro fijamente por unos segundos y previa risa sarcástica me dijo que yo me encargara de su mujer porque el no podía cargarla y quería conocer las cataratas a pleno, se dio media vuelta y como chico con juguete nuevo salio disparado perdiéndose entre la multitud.

Conclusión: a Maria Elena la cargue todo el día, comenzando por la garganta del diablo y posteriormente el circuito superior. La arrastre por todos los senderos, todas las rampas. Paramos a almorzar para encarar a la tarde el circuito inferior, el gran desafío. Decidimos con la guía del parque que se llevara el resto del grupo así yo me iba con la averiada por otro lado y que nos encontraríamos en el salto San Martín.

Entre helechos, coatis, y otras yerbas llegamos al salto Bosetti: Como no me quería mojar le pedí a un turista que iba hasta el mirador si la podía llevar a Maria Elena para que disfrutara de la vista y de paso se mojara un poquito…una costumbre de todos los que visitan el salto, algo así como una bendición de la naturaleza. El hombre gentilmente accedió y se la llevo por la pasarela rumbo a una de las vistas mas bellas del lugar. Pasaron más de veinte minutos cuando veo que el señor retorna solo sin Maria Elena, le pregunto donde la había dejado y me respondió que la había dejado en el mirador. – Quédese tranquilo que esta bárbara allá. Me saludo y se fue. Ahí fui yo a buscarla.

Un espectáculo tragicómico, ella solita, en medio de una multitud que la ignoraba por completo, totalmente mojada, mirando desesperadamente si alguien se apiadaba de ella y la sacaba de una vez de ese lugar. María Elena parecía Moby Dick fuera del agua resignada a morir. Su bolso de plástico incoloro lleno de agua, el yeso previamente envuelto con una bolsita de nylon, transpiraba llenando la bolsita de burbujitas brillantes. Esa mujer se había convertido en un despojo humano con olor a tierra colorada.

Volviendo por la pasarela, empujando la silla de ruedas entre la gente que venís en sentido contrario nos encontramos con el grupo que estaba recién llegando para visitar el salto donde minutos antes María Elena casi se ahogaba. Lo inesperado. Su marido eufórico tomó la silla de ruedas y la arrastro nuevamente a María Elena hasta el mirador del salto sin la minima chance que su mujer pudiera decirle que ya había estado y que no quería mojarse nuevamente.

María Elena comenzó a los gritos porque no quería pasar por esa experiencia una segunda vez pero no lo consiguió así que se la llevo como si la silla de ruedas fuera una Ferrari perdiéndose entre la gente. Lo patético de esta historia es que su marido también la abandonó en el mirador y el resto del grupo ignoro a la inválida temporal como si no la conocieran lo que es entendible. Quién se embarcaría en esa cruzada solidaria cargando mas de 130 Kg. de humanidad cuando hay un guía seudo-humano, que sería yo, capaz de resolver tal contingencia? Ahí yo nuevamente a buscarla, pero esta vez sin preguntarle nada, sin sonrisas, con un tremendo mal humor y un deseo incontenible por ver a esa mujer flotando por el cañón del Iguazú rumbo a lo desconocido.

 Esa mujer era un desperdicio humano, sin la menor fuerza de esbozar una palabra, mojada hasta el alma y con su bolsito de plástico convertido en una pecera.

Regresamos al hotel, la deposite en su habitación con las pocas fuerzas que me quedaban.

Me acosté en mi cama totalmente exhausto y pensé: Fue apenas una batalla ganada, para ganar la guerra todavía faltan unos días…

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