
POR: GUILLERMO GATTI
En la vida profesional de un guía o coordinador de turismo jamás podría faltar pasar una fiesta fuera de casa. Nuestro oficio es así.
Yo no soy la excepción y más de una vez me ha tocado trabajar en las fiestas. De todas, una siempre la recordé muy especialmente y hoy, que estamos tan cerca de Navidad y Fin de año quiero compartir este relato con ustedes.
Pasar Fin de Año en Balneario Camboriú es una experiencia intensa, tierna y emotiva. Una fiesta deslumbrante, esencialmente urbana y popular, inclusiva y mística, desopilante y bizarra.
Ese año me toco viajar con un grupo que, coincidentemente, poseía las mismas características con las que definí el Fin de Año en Camboriú.
Un grupo tierno, intenso, desopilante y extrañamente bizarro.
Un grupo heterogéneo, ecléctico, surrealista, una obra inconclusa del gran Picasso que desistió de la última pincelada por temor a que la obra se tornase una realidad irreversible.
Desde la partida todo comenzó muy distinto a lo deseado, fue en ese viaje que aprendí que lo ideal es apenas una ilusión.
En la frontera Marta perdió a su hija de veinticuatro años, Juan, un especialista en meditación trascendental que viajaba para reunirse con mentalistas brasileños, encontró a la hija de Marta franeleando a un joven gendarme que la tenia arrinconada entre su sexo y el frondoso limonera detrás del Automóvil Club.
La exuberante e histriónica Elizabeth le prometía a su amante de turno que al regreso le contaría toda la verdad a su marido, verdad que todos sabían, menos, lógicamente, su marido que ingenuamente pensaba que su mujer había viajado a un Congreso sobre Caballitos de Mar en algún lugar del planeta.
La familia Constantino, compuesta por el matrimonio, dos adolescentes pertenecientes a la tribu de los Gotikos, los mellizos de tres años que jamás pararon de llorar y gritar como marranos y la pequeña Antonia de nueve meses que vivió durante todo el tour mamando de esas dos tetas resignadas que daban lastima solo de verlas.
María del Carmen Asturrieta Antie, una pasajera anclada en la época del “uno a uno” y que por esas cosas de la vida y de nuestra economía debió cambiar el Jumbo 747 por un semi cama de Flecha Bus.
Pedro y Josefina, dos viejitos jubilados que mutaban constantemente pasando de ser unos tiernos abuelitos de libros de cuentos a verdaderos guerrilleros tercer mundistas. Pedro con un ano contra natura, una rodilla de titanio, dos operaciones cardio vasculares y una traqueotomía que todavía no había cicatrizado completamente. Josefina, hipertensa, diabética, obesa, con una prótesis dental tambaleante que no la dejaba en paz y un tembleque en su mano derecha que la irritaba cada vez que pretendía llevarse el vaso de plástico a la boca para tomar un numero interminable de comprimidos para mantenerla viva.
El más coherente, por así decirlo, era Martín, un joven abogado que viajaba solo en busca de paz y diversión después de un año agitado en los tribunales.
El joven e ingenuo letrado juro en la Plaza Tamandare nunca más viajar en grupo argumentando que prefería memorizar el Código Romano a volver a vivir esta experiencia escalofriante.
En la terminal de ómnibus, antes de partir, me presentaron a María Cristina, una figura duramente blanca y lánguida, de ojeras profundas, violáceas y con una mirada sin horizonte. Sus padres le habían regalado el viaje para que pudiese reponerse de una larga y traumática internación en una clínica psiquiátrica. Me comentaron que debieron internarla después que María Cristina matara a su gatito siamés encerrándolo en el horno a fuego máximo y acto seguido, en una crisis de angustia haberse comido tres rollos de papel higiénico y la chapita de identificación del difunto felino.
Fue así como a los tumbos y con mucha paciencia llegamos a Camboriú un día antes a la gran fiesta popular “A virada do ano”.
La propuesta era festejar en la playa como es de costumbre, todos vestidos de blanco como marca, la tradición. Asistir a los fuegos artificiales, brindar a la orilla del mar, confraternizar y divertirnos hasta el nacimiento del nuevo día.
En Brasil el festejo de fin de año es una conmemoración que aglutina muchísima gente, una de las fiestas más importantes donde razas, credos y condición social cohabitan en una misma realidad y el único objetivo es el festejo en medio de la diversidad.
Una propuesta interesante a la que yo contribuiría con la presencia de mi grupo para engalanar esa noche inolvidable.
Pautamos reunirnos en la recepción del hotel a las veintiuna horas para dirigirnos a la playa, buscar un buen lugar y comenzar nuestra fiesta.
A la hora indicada solo estaba Martín, de bermuda blanca, una remera Lacoste rosa suave y ojotas blancas.
Nos miramos, sonreímos y ambos nos preguntamos en silencio lo mismo: “¿Dónde esta el resto de la gente?”
Es común que los pasajeros se compliquen a último momento y a decir verdad, en este grupo era una situación perfectamente previsible.
Unos minutos después apareció María Cristina. Vestida con una salida de baños de flores multicolores, una capelina confeccionada con tiras de sache de leche, anteojos Hollywoodianos oscurísimos y en sus manos una tabla de barrenar.
Se dirigió hacia nosotros, se sentó en el sofá y se tildo indefinida e inmutablemente.
La exuberante amante infiel bajo las escaleras con la mirada fija en mí, una mirada que a la distancia parecía llena de odio, me agarro del brazo y me llevo detrás de una columna para que nadie pudiera verla, cosa que era casi imposible, ya que era inmensamente grande y extravagante.
Recuerdo sus palabras:”… Ayudame con el idiota de Felipe que no tubo mejor idea de comerse media docena de esa frutita color naranja con pelotitas negras y ahora se esta cagando de una manera monstruosa. Si ese estúpido pretende arruinarme el fin de año te juro que le corto las bolas”….
Así como vino volvió por las mismas escaleras perdiéndose entre la gente.
Pedro, el marido de Josefina apareció estrepitosamente preguntando cuando nos íbamos porque su mujer ya estaba en la playa cuidándonos el lugar, típica actitud de los jovatos. Le pregunte si sabia en que lugar de la playa estaba su mujer a lo que me respondió que no tenia la menor idea, según él, Josefina estaba en la playa desde las cuatro de la tarde y el se había quedado en el hotel durmiendo la siesta porque odia el sol. ¿Cómo íbamos a encontrar a Josefina en siete kilómetros de playa?
De repente un griterío infernal, la familia Constantino había perdido a una de los mellizos en el shopping. En realidad se la habían olvidado cuando se saco la foto con Papá Noel, según el papá se confundió con otro nene y pensaron que estaban todos. Los adolescentes gotikos seguían inmutables como si nada hubiese pasado, creo que nunca se enteraron que tenían dos hermanitos mellizos, la otra seguía prendida a la teta consumiendo defensas a diestra y siniestra.
Cuando pude reaccionar habían desaparecido todos. Martin ya estaba más cerca de la puerta y María Cristina continuaba tiesa mirando a la nada con su capelina de plástico reciclado y su tablita de barrenar.
A Marta nunca la vi, el recepcionista me dijo que había salido a buscar a su hija que se había perdido nuevamente.
A María del Carmen Asturrieta Antie, la había venido a buscar un chongo adinerado de Camboriú y había dejado dicho que solo volvería algún día.
Cuando mire hacia la puerta, Martin ya no estaba, era lógico…
María Cristina continuaba ahí y yo….yo me cague soberbiamente de risa, me fui a la playa, me perdi entre la gente y a las doce de la noche salte las siete olas, le agradecí a Ie manja y espere ese nuevo día en la Playa Central de Balneario Camboriú.
Buen año para todos, buenos caminos y buena vida.
-37.979858
-57.589794