Por Guillermo Gatti
En la ciudad de la diversidad pasan muchas cosas insólitas y la caminan muchos personajes.
Buenos Aires, como otras grandes ciudades del mundo guarda ese encanto de lo dulce y de lo amargo conjugándose en un mismo tiempo y espacio.
Esa mañana de otoño salí a caminarla en compañía de un sol tímido mañanero que prometía hacerse fuerte con el correr del tiempo.
Cuando la visito me gusta mezclarme entre la gente, meterme en el ojo de la tormenta de un microcentro que parece explotar y observar tantos destinos diversos pisando los mismos asfaltos, los mismos empedrados, las mismas calzadas.
Todo parece ser de todos y a su vez, en esa inercia del apuro, nadie parece pertenecer a nada.
Me senté a tomar ese café infaltable en Carlos Pelegrini y Lavalle, cerquita del Obelisco, de la avenida de los teatros y del bellísimo Colón. Me gusta ese lugar, ese cortado sin espuma y ese tiempo todo mío sin apuros, sin obligaciones y con la única responsabilidad de captar imágenes, sensaciones, olores y esa mística porteña.
Sostengo que en Buenos Aires nada nos pasa sin pena ni gloria, en algún momento del día la bendita diversidad tiene algo reservado para vos que puede sorprenderte …
Esa mañana de otoño mientras tomaba mi café un señor me pidió un cigarrillo.
Eso es común en el Buen Ayre , los vendedores ambulantes, los artistas ambulantes, los mendigos ambulantes, los chicos de la calle ambulantes, forman parte de ese escenario que si bien te besa una mejilla, te cachetea la otra. Cosas del contraste, encuentro de realidades respirando el mismo smog, escuchando los mismos bocinazos. Todos bajo el mismo cielo.
Quien me pidiera un cigarrillo era un mendigo como tantos otros pero en este caso me llamo la atención porque no era argentino sino brasileño.
No vendía nada, apenas ejercía su rol de mendigo cargando en sus espaldas una bolsa de tela vieja que tenia pegada una banderita de Brasil abrochada con un alfiler de gancho.
Respetuosamente me pidió un cigarrillo, le dije que solo me quedaba uno, respetuosamente me dijo si podía comer una de las masitas que estaban en el plato, le dije que sí. Solo tomo una tímidamente.
Le pregunté de dónde era, me dijo que venía de Río de Janeiro, me ofreció una sonrisa carioca y en ese portugués compactado me dijo: Obrigado , que Deus te abençoe…
Se perdió entre la gente, en la diversidad, en la muchedumbre . Cuando lo perdí de vista entendí el misterio de la sin frontera y que la libertad es un valor supremo más allá de la condición del hombre.
Seguramente esa sensación nos pertenece a aquellos que viajamos por tantas diversidades donde cada viaje, cada desafío nos van lavando los prejuicios.
Para muchos de los que caminaban como zombis ese mendigo nunca fue registrado por ellos, en mi caso, quedo plasmado en mi retina y ahora en las palabras.
Ah!!! Sorprendente Buenos Aires.























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